miércoles, 5 de febrero de 2014

Anoche soñé. - La Maqueta

Por ese entonces resulta que yo era ceramista. Estaba terminando una maqueta de cerámica (toda ella de cerámica en una pieza) de un mercado barrial de esos que abundan en Buenos Aires. Casi un metro de largo por casi cuarenta de alto. Un armatoste. Caserón antiguo que con el paso de los años  ha debido sufrir innumerables reformas y ampliaciones hasta llegar a ser una especie de laberinto de rincones y pasillos, así como de escalones que te suben o te bajan de nivel.
Me la había encargado un cliente que terminó en amigo, que abría las puertas de su negocio propio en la esquila que hace cruz con el mercado. Un antojo que, cuando le entregué la obra, quiso disfrutar poniéndola en el borde de su vereda y retirándose varios pasos a compararla con la imagen del modelo real. Yo lo estaba acompañando, algo nervioso por el riesgo de descubrir a último momento algún error u omisión importante...



Cosa que realmente ocurrió



Descubrí en el frente del viejo caserón unos relieves medios rotos y borroneados por tantas capas de viejas cales y lluvias impiadosas. En la maqueta aquello no aparecía ni como un esbozo. Me la había pasado por alto.



Al advertirlo ya estaba cruzando la calle al trote con la mente puesta en disimular el error con algún sombreado de acrílico en el lugar correspondiente (o sea en la adecuada proporción) pero al hacerlo, es decir cuando ya llegaba frente a la maqueta, resulta que ella es tan grande y tan alta, que en realidad, mis manos no pueden llegar con el pincel a la altura que debería sombrear. Se elevaba frente a mi como un edificio real estrambóticamente parecido al mercado de marras, con enorme puerta abierta al ingreso de público, con aquellas sombrías imágenes  interiores, con el rumor, incluso, de abundantes voces de gentes que por allí dentro deambulan... Decidí entrara ver por dentro los detalles que había logrado plasmar en el barro y que ahora venían a presentarse como cosas vivas (aunque toscas). Estaba allí la frutería de Gonzalo (el Ñoqui) Fernández. Engonza, demasiado gordo. hablaba animadamente con una clienta que se rascaba con disimulo el culo, contra una pila de cajones. Me vio y me reconocio! Pero seguí hacia el fondo, después del primer cambio de nivel, al barcito de Peñalosa, lugar de encuentro con varios amigos que estaban allí, como esperando que viniera y les contara una historia.
No pude contarles otra cosa que la extraordinaria aventura en la que me encontraba sumergido.



--Todos nosotros estamos adentro de una maqueta que yo mismo he construido!!!



Fue cuando C.G,M lanzó una carcajada estruendosa y bastante latosa, terminada con la lapidaria opinión de que -"Andá, que va vo a hacé?! ¡Andáaaaa....!



Apareció la duda en los ojos de mis otros amigos, era natural, nadie quiere saberse hecho con un poco de barro por las manos de un chambón que se cree artista., pero también influenciados por las risas mencionadas. Tampoco nadie quiere aparecer como el tonto.



Rápidamente re-ataqué:



--Si no me creen vengan conmigo afuera para ver que estamos en la vereda de enfrente del viejo mercado. Esto es una maqueta... Todo esto...



Ramiro retiró su silla como para levantarse. Rodríguez, tal vez con la cara demasiado angosta y unos bultos en las mejillas que yo había olvidado retirar ... carraspeó, Quería decir que ni mamado se pensaba levantar del taburete antes de tener algún elemento de juicio más solvente sobre la posible realidad de mis palabras. En una palabra que no pensaba, por ahora, hacer el ridículo acompañándome a la vereda para "ver si llueve". Y el Pocho Mangacha, bueno el Pocho..., como siempre... miró a los otros, uno a uno, sin conseguir hacer un promedio como para fijar su posición.
Por eso me lancé a la carrera hasta la puerta con la intención de gritarles desde allá el desafío de animarse a ver la realidad...
Pero he aquí que cuando llegaba a la vereda me cuenta de estar saliendo por la vieja puerta del Mercado Viejo! y que al levantar la mirada para ver en la esquina de enfrente, entonces, a la maqueta sobre el borde de la vereda... ¡La maqueta no estaba!
Crucé otra vez la calle corriendo. Entré al comercio de mi amigo. Mi amigo no estaba. Estaba, en cambio Sebastián, su empleado, quién me explicó que mi amigo andaba de pescas por el el Queguay, desde la semana pasada...

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